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Mujeres migrantes africanas
Autores: Lucía Benítez Eyzaguirre
Título: Mujeres migrantes africanas. Literatura, género, migración.
Editorial: Universidad de la Frontera. Temuco. 2010



 
INTRODUCCIÓN
África es un continente inmenso, plural y complejo, lleno de vida. He tenido ocasión de conocer algunos de sus diminutos poblados, de participar en las vidas cotidianas de sus gentes en distintas latitudes. Me ha sabido a poco, aunque en mis visitas no mantuviera la actitud de una viajera ocasional, el tiempo siempre me resultó escaso. Acostumbrada como estoy a medir los días hasta por minutos, la densa atmósfera africana llena de tiempo, de otro modo de ver los días, me inspira tanta curiosidad que no llego a saciarla. Por eso, cuando cayeron en mis manos cuatro novelas bien elegidas sobre las migraciones de mujeres, me las leí de un tirón.
Eran cuatro historias distintas no sólo por su forma literaria sino también por las vidas de mujeres que narraban. Mujeres que afrontaban con estrategias diferentes los desafíos de su condición, de las tradiciones, de las promesas de mundos lejanos, pero que tenían en común el bagaje de quien sale con fuerza de las dificultades, de la riqueza de la experiencia y de las soluciones personales. Había escuchado relatos africanos, pero éstos eran otra historia. De sus protagonistas me interesó su espíritu de cruzafronteras, de quienes no se paran en los límites impuestos. Con ellas pasé de una cultura a otra, del continente olvidado a éste tan mitificado, pero también de la literatura a las migraciones, de la psicología a la economía, del género al análisis del discurso.
Comencé por Mi carta más larga (1979), de Mariama Bâ, ya un clásico de la literatura africana. Con esta confesión epistolar desde Senegal, su protagonista se cuestiona el mundo que la rodea, las costumbres y tradiciones, mientras envidia y admira el camino personal de su amiga, que decidió cambiar de vida poniendo kilómetros por medio. Sus cartas le sirven para cruzar la frontera de su condición, para elegir su destino al margen de las obligaciones impuestas.
En Las delicias de la maternidad (1979), de Buchi Emecheta, reconocí la llamada de la ciudad que se plantea como el destino para su protagonista, la cual vive como una herida incurable, como un estigma, la muerte de su hijo primogénito. Llega a Lagos con un baúl con muy pocas pertenencias y una única manera de entender la vida, dentro de la tradición de su pueblo; sólo podía ser madre. Emecheta retrata a una mujer que paga con creces el precio de su responsabilidad sin ver cumplidas las promesas de la tradición.
De Más allá del horizonte (1991), de Amma Darko, me llamó la atención cómo retrata con crudeza el coste de la promesa de otra vida. Los mitos sobre Europa llevan a aceptar sin condiciones un viaje de remoto destino y futuro muy duro en la prostitución. Una experiencia desgarradora para una mujer educada en la sumisión y convencida de que los valores de su mundo la salvarían de cualquier desgracia.
La última de las novelas fue una sorpresa. Era un relato entre estos dos mundos; una crónica real desde posiciones relativas llena de riqueza y de matices en la que se comparte una misma experiencia: un partido de fútbol en lugares tan distantes y tan próximos como una isla frente a Dakar y París. En un lugar del Atlántico (2003), de Fatou Diome, era la novela más actual, la que mejor reflejaba las contradicciones y ambigüedades, las dificultades cotidianas de quienes viven en la tierra de nadie.
Eran historias locales y universales, contadas con voz propia. Por fin podía poner cara y sensaciones a todo aquello que había investigado: la sociología, la comunicación, los discursos. Estos temas ya me habían parecido piedras angulares del estímulo cotidiano que reciben cada día miles de personas y que las impulsan a desplazarse a largas distancias con promesas de paraísos inexistentes. En realidad, entre todas esas novelistas habían escrito una declaración de principios de las mujeres más sometidas y olvidadas.
Ahora, por el camino de la literatura, había descubierto cientos de detalles, asuntos cotidianos que daban luz y color a los ensayos y trabajos de campo que había estudiado durante años. La voluntad decidida de estas mujeres de tomar las riendas de su vida me impresionó, la lucha contra todos y todo, el árido camino de su crecimiento personal, a veces dentro del feminismo, otras ante el papel en blanco y siempre a través de la migración.
Así que me puse manos a la obra a investigar todos los detalles. Me interesé por sus autoras y por los mundos en que se criaron: dos de ellas senegalesas, Fatou Diome y Mariama Bâ, la nigeriana Buchi Emecheta y Amma Darko, de Ghana. Todas ellas tuvieron acceso a la educación por encima de las oportunidades que se les habían brindado a otras compatriotas y, a partir de ahí, se abrieron el camino propio compaginando en algún caso —como Buchi Emecheta— la crianza de sus hijos con sus estudios superiores. Excepto Mariama Bâ, que siempre vivió en Senegal y que cuenta la historia de la ruptura personal dentro de África, todas emigraron. Diome y Emecheta viven todavía en Europa; Amma Darko regresó de Alemania a su Ghana natal. Todas rompieron con su mundo, al que han devuelto riqueza humana, literatura y compromiso.
Estas novelas reflejan mundos próximos y lejanos. Cuentan historias que se desarrollan en ciudades europeas pero también otras de tierras lejanas, de países de la zona subsahariana. Desde aquí, aunque sea en el sur de Europa más próximo a África, vemos con confusión esas regiones y las simplificamos como si se tratara de una misma cosa. El desafío era evitar las reducciones, a la vez que encontrar los aspectos comunes de sus historias controvertidas, conservar la riqueza de sus experiencias y estudiar el impacto que para cada una de ellas tuvo el mundo que las acogió. Un mundo difícil, complejo y plural que hay que enriquecer con experiencias humanas y de mujer.

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